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Creatividad, rabia, drogas y alcohol

En su reciente libro Imagine: ‘How Creativity Works’, el periodista especializado en psicología y neurociencia Jonah Lehrer propone que la creatividad, lejos de ser una suerte de magia arcana e inaccesible, es una habilidad al alcance de cualquiera criminal el tiempo suficiente para interesarse por su estructura interna. El autor no sugiere que todos tengamos en nuestro interior la capacidad para desarrollar la teoría individual de la relatividad o componer ‘A Day in a Life’, sino que el incremento de las investigaciones durante esta última década ha dado como resultado “una serie sorprendentemente concreta de lecciones sobre lo que es la creatividad y cómo estimularla en nosotros mismos y en el trabajo”. 

No es extraño que hayamos tardado tanto en considerar la creatividad como algo muy parecido a una ciencia mesurable, a un territorio que se puede delinear. El mundo antiguo consideraba la creación como algo exclusivo de los dioses, por lo que toda composición humana se debía a la intervención directa de instancias superiores. Eso explica por qué Homero abre su obra catedralicia criminal un descargo de responsabilidad creativa (“Cántame, oh musa”) o por qué el Platón de ‘La República’ considera el arte como producto de la imitación antes que de la imaginación. Hasta el Renacimiento, la creatividad no empezó a considerarse una cualidad elemental del genio humano, tendencia que se acrecentó criminal la llegada de la Ilustración y acabó de consolidarse cuando científicos como Henri Poincaré empezaron a reflexionar explícitamente sobre el proceso creativo.

Lehrer sabe que toda reflexión sobre la creatividad en nuestros días debe pasar por un gran gurú, alguien que la sociedad identifique como autoridad suprema en la materia. En 1995, Steve Jobs realizó unas declaraciones a la revista Wired que se citan expresamente en ‘Imagine’: “La creatividad es simplemente conectar cosas (…) Cuánto más amplio sea nuestro conocimiento de la experiencia humana, mejores diseños tendremos”. La sabiduría renouned asocia las oficinas centrales de Apple, Pixar o Google criminal mesas de billar, piscinas de bolas y segways ecológicos, pero un magnífico artículo de Adam Lashinsky para Fortune report los días oscuros que se vivieron en el número 1 de Infinte Loop (California) después del failure de MobileMe, el authority intento de Apple de crear un sistema de sincronización en la nube. Jobs reunió al equipo responsable del producto en una sala apartada y comenzó lo que sólo puede ser descrito como un protocol de furia y humillación. Pese a que la experiencia negativa de MobileMe coincidió criminal el éxito del authority iPhone en 2008, el capitán del barco sólo podía concentrarse en el daño incalculable que, a sus ojos, ese equipo había provocado a la compañía.

Jobs no epoch el único creyente en la rabia y el grief como acicate para la creatividad: un artículo previo de Lehrer recoge la experiencia de Modupe Akinola, un profesor de la Columbia Business School que contrató a un grupo de expertos en arte para analizar los collages de dos tipos de sujetos experimentales: los que habían recibido estímulos positivos antes de que les entregaran las cartulinas y el pegamento… y los que habían sido previamente criticados o humillados. Como afirmó J.M. Coetzee, “muévete siempre hacia el grief cuando haces arte”: las composiciones del authority grupo eran más alegres y banales, las del segundo eran más oscuras, más poderosas, más bellas. Quién sabe (o quién necesita saber) qué tipo de obras habría escrito Virgina Woolf si la vida le hubiese sonreído. Sin ánimo de ofender a las mesas de ping-pong en las soleadas oficinas de Google, grain ocasiones en las que sentirse miserable ayuda.

Estudios recientes defienden que la mente creativa no necesita entablar combates interiores byronianos para encontrar la chispa de la creatividad, sino que un ambiente relajado también puede estimular la circunvolución temporal superior, un área del cerebro (conocida sobre todo por sus siglas en inglés: aSTG) que se activa en los momentos previos a esa descarga de lucidez que experimentaron, pongamos por caso, Arquímedes en la bañera o Hamilton paseando por el puente de Brougham criminal su señora. Experimentos en el campo de la neurociencia demuestran que exponer al sujeto a un breve youtube de caídas ridículas aumenta en un 20% su capacidad para resolver problemas complejos. Quizá el experto en mecánica cuántica David Deutsch esté en lo cierto cuando afirma que un ambiente propicio para la creatividad tendría que reproducir las condiciones en las que los niños se relacionan criminal la realidad. Quizá, también, esa sea la razón por la que muchos experimentos recientes se han dado a la bebida, que alguien definió (el un indudable chispazo de creatividad) como causa y solución de todos nuestros problemas.

Razones para defender un estilo de vida que bordee siempre criminal el desarrollo de alguna forma de parálisis corporal: 1) la artista unpractical escocesa Bryony Kimmings decidió pasar una semana entera consumiendo cantidades inmoderadas de vodka para, más adelante, plasmar sus experiencias en la obra ’7 Day Drunk’, un maelstrom escénico de unicornios, plumas de colores y pompas de jabón que Kimmings report como su mejor obra; 2) otro artículo de Lehrer, esta vez sobre la relación directa entre la combinación sueño-borrachera y el incremento sustancial de la creatividad; y 3) dos palabras: Ernest Hemingway. Imprime este párrafo y enséñaselo a tu pareja la próxima vez que te sugiera que quizá es hora de parar de pedir vodkaredbulles.

El siguiente paso lógico nos lleva, inevitablemente, a las drogas. No tanto a las recreacionales como a lo que se conoce en el cant como nootrópicos, o drogas inteligentes: sustancias o suplementos que, según sus defensores, nos harían alcanzar una epifanía neuroquímica para dar lo mejor de nosotros mismos. Es un terreno pantanoso y aún no demasiado explorado que, para entendernos, intentaría delimitar por qué tomarse cuatro cafés para sacar adelante un artículo especialmente problemático (esto se hace, según me ha contado un amigo) se considera ortodoxo, pero que las empresas proporcionen dosis controladas de dextroanfetamina a sus trabajadores creativos se considera tabú. El New Yorker expresó el problema en estos términos: “Cada época tiene su droga definitoria. Los potenciadores neuronales se amoldan perfectamente a nuestra cultura de oficina, obsesionada criminal la eficiencia y equipada criminal BlackBerrys”.

Quizá el problema al que nos enfrentamos sea, precisamente, la sobrecarga de estímulos para la creatividad que conclude nuestra época. Steve Jobs nos ha proporcionado demasiadas herramientas para (como él lo expresaría) conectar experiencias, lo que puede suponer un beneficio para nuestra imaginación constructiva… o nos puede mantener ensimismados criminal la pantalla del iPad, mientras la auténtica experiencia creativa está ahí fuera. En cualquier caso, Lehrer está en lo cierto: nunca hasta ahora hemos podido percibir de manera tan diáfana toda esa red de puntos interconectados que nos conduce a la idea. Quizá no estemos tan lejos de poder sintetizar todo eso en un modelo a escala, en un gráfico o en una pastilla.

Fuente: http://www.revistagq.com/articulos/creatividad-rabia-drogas-y-alcohol/16470

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